Sumotori de Gail Tsukiyama


Por Huguito Bogado.

Para mi cumpleaños una pareja de amigos, conocedora de mi interés por la cultura nipona, me regaló este libro. Desde la tapa y el título uno se da una idea de qué viene la mano: La historia de un luchador de sumo, desde sus inicios. Me miré la panza y traté de no pensar que era una indirecta hacia mis 83 kilos y creciendo y me entregué a la lectura.
La autora, una americana hija de un chino y un japonés (no ladra de casualidad, qué fiesta habrá sido eso...), con una forma amena y de fácil lectura, nos sumerge en la historia de dos hermanos Hiroshi y Kenji, huérfanos en los años 30, que son criados por sus abuelos en Tanaka, un distrito cercano a Tokio. El primero sueña con ser un sumotori, nombre con que se conoce a los luchadores de sumo, mientras que el segundo en cambio se siente atraído por las máscaras del teatro Noh (daba para maraca, pero no, no es "Secreto en el monte Fuji"...).
En un lapso que abarca desde los inicios de los años 30 hasta los 60, desde la perspectiva de los hermanos, sus abuelos y otros personajes que aportan su historia (Tanaka, un ex campeón de sumo que será el entrenador de Hiroshi ; sus dos hijas Aki y Haru que le tienen ganas al gordo; Akira Yoshiwara, el sensei de Kenji en la creación de máscaras Noh), la autora nos detalla todos esos rituales y ceremonias que hacen tan particular a Japón y cómo la vida de todos se modifica luego de la Segunda Guerra Mundial. Es una novela que por un lado centra el relato en el ascenso de Hiroshi a Yokozuna (El más pulenta de los sumotori, digamos), y la importancia de ese deporte y los rituales que lo rodean, en medio de un país que se reconstruyó de sus propias cenizas. El sumo fue uno de los pilares que mantuvieron vigentes varias tradiciones niponas luego de la ocupación estadounidense, y los sumotori eran considerados casi como el Diego acá, pero ellos eran símbolos positivos.
Por supuesto que no faltan los amores, las muertes, la esperanza, las muertes, los kimonos, las muertes, las geishas y, casi me olvido, las muertes. Llega un momento que se transforma en la novela de la tarde, pero es un buen entretenimiento en esta época estival. Llevalo a la playa y empezá a decir cositas lindas en ponja, eso es otra de las cosas buenas que tiene el libro: La autora te hace un curso intensivo de japonés, poniéndote palabras y su traducción, por lo que te terminás familiarizando con términos como obachan (abuela), ojichan (abuelo), etc.
En resumen, un libro harto recomendable para todo aquel que se quiera interiorizar un poco sobre esta cultura, y para que muchos aprendan que se puede salir de un pozo, pero sólo si le ponés el alma. "Todos los días tenés que preguntarte por qué peleas" le dice el abuelo a su nieto cuando era chiquito y es algo para pensarlo todos los días. 10 Hugo-san sonrientes.

5 comentarios:

lucas dijo...

otro libro más que me vas a tener que prestar, viste pibe...

leox dijo...

debe estar bueno el libro, recomendable par mi amigo cristian, que estudia japones y de paso le digo COMENTA ALGO CRISTIAN!
Ahora que mensionastes al diegote. tambien en un momento fue luchador de sumo, cuando estaba gordo como una vaca y teñido de rubio ja!
Muy buena reseña.

Hexekiel dijo...

Yo tambien son seguidor de la cultura japonesa, los luchadores de sumo en japon son mas que Diego aca, lo unico que hacen es comer dormir,leer o estudiar y luchar, y no esta para nada mal visto, tienen una dieta especifica y es bien visto, tienen mujeres, plata, todo, algunos son grandes chefs y son vistos como heroes... es algo serio y muy interesante en japon. Buena reseña, otro libro q leer...

Huguito dijo...

Hexekiel, no sabía cómo graficar el grado de endiosamiento que se tiene para con los sumotori y creí que el paralelismo con el Diegote era lo que más se podía acercar pero si, son dioses reencarnados en Japón, una cosa de locos. Agradezco que les haya gustado la reseña, acabo de terminar Blaze, el último de Stephen King, si interesa les hago la reseña.

Catayjack dijo...

Creeme que hacen mucho mas de lo que dices entrenan sin descanso y una mala ronda les puede joder la carrera, sacrifican su juventud y salud por dar honor al deporte y al país, su reconocimiento es más que merecido, además que se dividen en rangos y los de menor rango trabajan muy duro sirviendoles a los de mayor rango y a la escuela en la que esten.